
En ese contexto, conversamos con NÉSTOR SÁNCHEZ SOTELO, productor y director cinematográfico, tesorero de la Cooperativa Audiovisual Vector, hoy en el centro de una ofensiva sindical. SÁNCHEZ SOTELO no esquiva el conflicto. Lo nombra. Y lo redefine:
“No estamos discutiendo cooperativas. Estamos discutiendo quién tiene derecho a producir cine en la Argentina que viene”.
Usted ha sido señalado públicamente por su rol como productor dentro de una cooperativa. ¿Cómo vive esa situación?
Tengo una carrera de más de 35 títulos propios como productor, y otros 30 como productor ejecutivo empleado de otros productores. Es una trayectoria que me enorgullece profundamente. Desde hace dos años, prácticamente la mayoría de los técnicos de cine NO podemos trabajar. Tomé la decisión de sumar mi rol y experiencia dentro de una cooperativa. Mi pregunta es: ¿desde cuándo eso tiene algo de malo? Si hubiera tenido miedo al riesgo extorsivo o difamatorio, debería retirarme. Pero considero que mi experiencia es útil para diseñar proyectos, y que justamente hoy el desafío es seguir filmando, ayudándonos, retroalimentándonos y organizándonos mejor. Sin embargo, desde algunos sectores se utiliza de manera discriminatoria, para atacar a la producción cooperativa y acusarla de “fraudulenta”. Cooperativa Vector se formó legalmente con un objetivo muy claro: generar trabajo. Logramos asociarnos como coproductores de una película importante, filmamos de manera exitosa y sin conflictos, con una inversión de capital pequeña pero eficiente, que permitió que todos cobraran incluso por encima de las tablas habituales. Hoy estamos desarrollando tres proyectos más en coproducción que puede dar trabajo a casi 100 personas. Soy un técnico más, un productor dentro de equipos cooperativos. Eso incomoda, porque rompe el relato si demuestra que el cooperativismo no es precariedad, sino organización, inteligencia productiva y supervivencia.
En los últimos meses se reavivó una fuerte crítica sindical contra las cooperativas audiovisuales. ¿Cómo la interpreta?
No es de ahora. Es justamente un discurso viejo y fascista. Es un discurso sindical anclado en conflictos de hace 30 años, cuando posiblemente existieron prácticas fraudulentas en un sistema atravesado por subsidios y reglas que hoy ya no existen. Sin embargo, se sigue repitiendo una narrativa muy simplista de: “cooperativa mala”. Esa es la consigna para defender un monopolio de representación que ya no refleja la realidad. Yo me pregunto: ¿por qué no pueden convivir los distintos modelos productivos? ¿Por qué el cooperativismo no tendría derecho a existir, si es legal, auditado y monitoreado por organismos estatales?

Queremos ampliar el debate, sentarnos con los organismos del Estado, con cooperativas de todo tipo, con universidades, con técnicos, y sí, también con el sindicato. Lo que no se debe aceptar más es una burocracia de salón que hace política desde Facebook y pretende disciplinar mediante el miedo.
Desde algunos sectores sindicales se sostiene que las cooperativas precarizan. ¿Qué responde?
Es un planteo profundamente contradictorio. Se dice defender al trabajador, pero SICA administra una obra social que, en la práctica, no existe más allá de la Avenida General Paz. Los técnicos del interior aportan durante años y, cuando necesitan atención, terminan en el hospital público. En muchas provincias argentinas, las únicas estructuras que hoy permiten filmar son las cooperativas reales, integradas por técnicos locales, con funcionamiento democrático, asambleas, libros societarios al día y personería legal vigente. Eso también es defensa del trabajo.
Usted fue señalado con nombre y apellido en redes y medios. ¿Cómo atraviesa esa exposición?
Hay acusaciones de fraude sin ninguna prueba, ataques públicos y un clima de amenazas. Esos ataques han motivado que nos defendamos denunciando a SICA ante la justicia por persecución, extorsión y discriminación. Lo que pedimos es muy simple: que actúe la Justicia. Que un juez determine si nuestra cooperativa es legal o no. Si estamos fuera de la ley, que se dictamine y se aceptará el veredicto. Y si no, que se terminen estas prácticas violentas y sucias. Ese fallo será lo que realmente abra nuevos caminos y lo necesitamos en forma urgente. Eso es todo. Porque si somos legales, se termina el apriete y pasaremos a discutir temas prácticos.

¿Qué está en juego si este conflicto no se resuelve de manera institucional?
Está en juego el futuro laboral de miles de trabajadores. Muchos técnicos abandonan la profesión o emigran, en un contexto donde otra persecución ideológica está noqueando a la cultura. No podemos seguir en manos de sectores que prefieren que el audiovisual desaparezca antes que perder los privilegios históricos de unos pocos, muy pocos. Eso no es defensa del trabajo: es conservación del poder.
¿Cuál es la propuesta hacia adelante?
Estamos trabajando en algo mucho más amplio. Queremos construir una Federación Nacional de Cooperativas Audiovisuales y Culturales, sumar mutuales, abogados especializados y crear un fondo de emergencia para situaciones críticas. Aspiramos a constituir un gran fondo solidario donde parte de la reinversión, que ya es obligatoria por la Ley 20337 /Art 42, en línea con los principios del INAES y de la economía social, esté destinada a formación y asistencia médica. Y como una futura etapa superior pasar a conformar un fondo de fomento cooperativo que sea el capital para producir audiovisual. Es un camino que podemos encarar si somos cientos de trabajadores bien dispuestos. En la Argentina, las cooperativas son exitosas en el agro, generan alimentos, energía, comunicación, industria y trabajo en todo el país. Todas esas actividades tienen federaciones reconocidas. El audiovisual es la deuda pendiente. Si el cooperativismo puede administrar energía, alimentos y medios de comunicación, también puede producir cine.
Para cerrar: ¿cómo imagina el cine argentino del futuro?
Si podemos colaborar, el futuro del cine independiente será plural, federal y en gran parte cooperativo. Un cine donde convivan distintos modelos laborales, sin persecuciones ni discursos de miedo, y donde el objetivo central vuelva a ser hacer películas, generar trabajo y sostener la cultura. Hoy el cine cooperativo es la mejor oportunidad que tenemos para seguir produciendo cultura en la Argentina mientras una ideología confusa arrastra al sector a la irrelevancia. El cine cooperativo no es una opción más: ES LA ÚLTIMA TRINCHERA DEL CINE INDEPENDIENTE.
