Fotograma de LA REINA DE KATWE o EL AJEDREZ DEL SUBURBIO

¿Por qué hacés cine?

Creo que el impulso de hacer largometrajes surge de su elasticidad, de su capacidad para abarcar prácticamente cualquier tradición artística o creativa. En el cine puedes crear un tapiz rigurosamente tejido que te permite expresar lo que quieras sobre el mundo, utilizando la música, la estética y la energía de la vida cotidiana. Puedo tomar, por ejemplo, la tradición documental o la del cinéma vérité y transformarla a mi antojo para lograr el impacto que busco. Ojalá eso evoque algo misterioso en ti; si lo hace, fantástico. Con demasiada frecuencia nos bombardean con emociones prefabricadas. No soporto la música deportiva de los canales de ESPN. No soporto esa dramatización excesiva de la vida. La vida ya es suficientemente bella. No necesita este embellecimiento, esta diversión procesada, este drama artificial. Me gusta ver cine que devuelve la fe en la vida cotidiana, que me permite intentar recordar su poesía.

Tus películas, especialmente LA BODA DEL MONZÓN (2001) y LA REINA DE KATWE (2016), evocan comunidades casi utópicas. ¿Es cierto?

Sí, y esas comunidades a menudo perduran. Es hermoso. Uno se involucra en amistades. Y como muchas de mis películas involucran a personas sin experiencia actoral, vemos a niños de la calle interpretando papeles importantes junto a estrellas de Hollywood. Se produce una convergencia de todo tipo de personas. Hay un poder real en las relaciones que se forman. Por ejemplo, trabajando en LA REINA DE KATWE (película sobre la vida de la ajedrecista ugandesa PHIONA MUTESI), MADINA NALWANGA, que interpretó a PHIONA, le enseñó a LUPITA NYONG’O a cocinar en la choza donde ella misma vivía. La forma de retratar la vida de esa familia fue en gran medida descubierta por niños que vivían esa realidad. Fue una lección y también  un fundamento para toda la historia, una autenticidad que no se puede dirigir. Se contó tal como es. Ni siquiera la gente de aquí, en Kampala, ha visto esa vida en Katwe, que está a quince minutos.

ZOHRAN MAMDANI y MIRA NAIR

Dicen que empezás el día con yoga para el elenco y el equipo. ¿Desempeñás el papel de guía espiritual, además del de directora?

No puedo decir que siempre sea así. Algunas películas que hice en Inglaterra o en algunas partes de Hollywood son muy independientes, pero es imposible generar una sensación de diversión contagiosa en pantalla si uno lo está pasando mal fuera de ella, aunque nuestro trabajo para lograrlo sea riguroso. Es una habilidad. Requiere consciencia, atención al detalle, precisión, todo aquello que hace que una narrativa funcione; pero a menos que exista una naturalidad entre los personajes y una especie de camaradería o química, en el caso de las parejas, no funciona. Como directora o director, tienes que crear eso, y lo creas con un sentido del humor, pero sabiendo muy bien qué quieres conseguir.

La mayoría de las películas solo pueden tener un tono: son películas alegres o películas de lucha. ¿Las tuyas siempre son ambas cosas?

Gracias. Creo firmemente en ambas cosas, y creo que la vida nos las brinda en igual medida si tenemos suerte. Creo que un sermón es difícil de soportar, y la vida ya es bastante complicada, así que intento abordar los temas espinosos no con regaños, sino de una manera divertida y traviesa. Eso es lo que me gusta crear con los actores y las historias.

Esta forma de pensar es contracultural, ya que la cultura dominante del cine consiste en explicarlo todo con pelos y señales, en sermonear o en tocar una sola nota. ¿Quiénes fueron algunos de tus profesores?

Mis maestros son, ante todo, la vida misma: la observación y la naturaleza. Crecí en comunidades pequeñas y unidas desde la infancia, y quizá eso me impulsó a querer crearlas al cruzar los océanos. Pero RICKY LEACOCK fue uno de mis primeros maestros, junto con D. A. PENNEBAKER y JEAN ROUCH, autora de CRÓNICA DE UN VERANO, donde personas reales del París de los años sesenta hablan sobre la naturaleza de la felicidad. Aquella película me impactó profundamente: la idea de poder hacer una película sobre temas de actualidad, sobre personas reales. Eso me llevó al teatro y a la ficción, pero incluso en la ficción, siempre me ha gustado plasmar esa sensación de imprevisibilidad.

EL BUEN NOMBRE

Una forma en que te diferenciás de la corriente principal es que no solés tener un único punto de vista en tus películas. El cineasta que me viene a la mente al ver tus películas es JOHN SAYLES, quien nunca tiene un solo protagonista. Pero, ¿acaso no es así la vida?

Es así. La palabra que uso es “prismática”. Quiero esa visión prismática no solo porque eso es lo que crea una comunidad, sino porque son personas reales con problemas particulares, y eso es lo que hace la vida interesante. Se trata de ser humilde al recibirlo, de comprender que eso es lo que enriquece la vida.

Vivimos en un momento en que mucha gente se refugia en su aislamiento, en lo que consideran sus espacios seguros, porque no se han dado cuenta de que el espacio más seguro es el espacio diverso ¿qué les dirías a las personas de todo el mundo que tienen miedo?

Creo que ahora más que nunca es el momento de trascender nuestras barreras con el otro. Eso es lo que me gusta hacer en mis películas: adentrarme en mundos complejos y específicos, que espero que, en su verdad, diversión o alegría, te hagan ver reflejado, para que te des cuenta de que la persona no es ajena a ti. Observas una vida de sufrimiento, pero no es solo eso. Esta persona tiene una personalidad arrolladora, estilo y dignidad, y te introduce en su vida, no para sentir lástima, sino para conectar primero, luego amar más y dejarte conmover por ello. Eso es importante. Eso es lo que creo que necesitamos más que nunca ahora, porque cada día se levantan muros a pasos agigantados. Son tiempos difíciles, y más aún porque ahora se legitima el acoso al otro, y esto es peligroso.

¿Cuáles son las fronteras del cine, desde tu perspectiva? ¿Qué, de lo que no se está haciendo, debería hacerse, o qué deberíamos hacer menos?

Creo que el mundo sería un lugar mucho mejor si hubiera un mayor equilibrio en el cine popular, entre las franquicias violentas y taquilleras que te llevan de paseo, pero no te provocan ni te permiten ver un reflejo de la vida real, y el cine de todo el mundo que te muestra que mi calle es, en realidad, parecida a la tuya. No vemos historias de los diferentes países de África. No vemos historias de Tailandia. Ni siquiera vemos historias de Hawai. No debería ser tan raro que la gente cuente sus propias historias. Tenemos que rebelarnos contra la homogeneidad.

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