La sala del MALBA es un espacio de referencia para el cine independiente argentino.

En salas cinematográficas, la propuesta está muy reducida a grandes animaciones o tanques norteamericanos. Prácticamente no se ve cine europeo, menos aún latinoamericano, y asiático o africano ni hablar.

Así las cosas, la sala del MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) con sus 224 butacas, se ha convertido en una referencia cinematográfica significativa a partir de valiosos estrenos nacionales, cuya novedosa modalidad les permite una mejor visibilidad: se pasan en una sola función semanal a lo largo de meses, a veces años, y siempre a sala llena. Los muy diversos ciclos ofrecidos, generalmente exhibidos en fílmico, constituyen retrospectivas seleccionadas con un criterio curatorial difícil de encontrar en otra parte del mundo.

La Sala Leopoldo Lugones, ubicada en el piso 10 del Teatro San Martín, es quizá el bastión cinéfilo por excelencia, con una programación concentrada sobre todo en retrospectivas, aunque también suma estrenos argentinos a su destacada programación. Funciona desde 1967, con capacidad para 233 espectadores.

La misma calle Corrientes brinda además otros 2 queridos cines que sobrevivieron a los cambios de época. El Cine Lorca, inaugurado en 1967 como “la Lugones”, cuenta con dos salas y una programación diaria de entre cinco y siete películas de la cartelera alternativa contemporánea. El otro caso es el del cine más antiguo de la ciudad. Nació en 1929 con el nombre de Cine Cataluña. Fue renombrado Cine Cosmos en la década del 70, cuando era el reducto del cine de la vanguardia soviética. La Universidad de Buenos Aires lo compró y reabrió en 2010. Desde entonces, es la sala de cine con la entrada más accesible y exhibe en sus dos salas películas de la cartelera alternativa actual.

A metros del Obelisco, el Cine Arte Cacodelphia ofrece un promedio de quince películas simultáneas en las distintas salas de sus subsuelos, con estrenos y reestrenos alternativos a la cartelera comercial.

EL PRÍNCIPE DE NANAWA (CLARISA NAVAS, 2025)

Varios son también los teatros independientes que han comenzado a incorporar exhibiciones regulares ya permanentes de cine, especialmente argentino en su programación habitual, aprovechando que su propio público aprecia todas las artes con el acento puesto más en lo artístico, independiente o de autor que en el entretenimiento comercial. Así, en Almagro, Microcentro y San Telmo funcionan: la sala Hasta Trilce, que desde 2019 proyecta dos películas en fílmico todos los martes sin anunciar nunca de qué film se trata; la sala Avalon del Complejo Teatral Itaca, en Humahuaca 4027; La Terraza del Arthaus, en Bartolomé Mitre 434; y los miércoles de cine, en La Carbonera, Carlos Calvo 299. Sin olvidar las frecuentes proyecciones en el Teatro 25 de Mayo, en Av. Triunvirato 4444 de Villa Urquiza.

Y por supuesto, frente al Congreso, el Cine Gaumont. Inaugurado en 1914 y afortunadamente reconfigurado en 2003 como espacio INCAA, se abocó desde entonces con exclusividad al cine nacional hasta ahora que incorporó a su programación estrenos extranjeros. Es también sede ocasional de festivales como el Bafici o el DocBsAs, y mantiene una constante afluencia de público en sus tres salas, de 600, 253 y 300 butacas, respectivamente. Abierto de lunes a lunes, con proyecciones durante todo el día, conserva un proyector en fílmico que se utiliza en funciones especiales, habitualmente de películas clásicas que celebran algún aniversario del estreno. Sigue siendo la casa del cine nacional.

El Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken fue fundado en 1971 por JORGE MIGUEL COUSELO y depende del Gobierno de la Ciudad. Se aboca a la preservación, investigación y difusión del cine nacional. La institución cumple, con sus limitaciones presupuestarias, una función que debería corresponder a una cinemateca nacional. El museo exhibe películas clásicas argentinas en fílmico los fines de semana y ocasionales retrospectivas de directores actuales. Por su parte, el Palacio Libertad, ex Centro Cultural Kirchner, mantiene una programación esporádica y no muy abundante, pero sumamente diversa, donde conviven películas de todas las épocas y latitudes. Es el centro cultural más grande de Latinoamérica, continúa siendo de entrada gratuita y las funciones son en sus dos salas de cine del sexto piso.

Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken

Más cerca del circuito académico y cultural, existen espacios que funcionan como nodos intermitentes: no tienen cartelera continua pero sí ciclos, son sedes habituales de festivales y organizan muestras que amplían la oferta porteña. El Centro Cultural San Martín, inaugurado en 1970, cuenta con varias salas de cine en sus subsuelos. La Alianza Francesa de Buenos Aires fue fundada en 1893, antes del nacimiento del cine, y programa ciclos de películas francófonas con entrada libre y gratuita. El Cine Oriente de Planta Inclán funciona en un espacio independiente en Parque Patricios, pensado como referencia cultural barrial, con una programación variada que incluye cine nacional actual, documentales sobre Palestina, clásicos de género de Hollywood y cine latinoamericano contemporáneo. El Cine Club Lucero es un cine-bar de Palermo que organiza maratones y funciones de películas muy diversas casi todos los días, con experiencias diferentes, como proyectar al aire libre, con auriculares inalámbricos o funciones pet friendly. La inauguración de la Sala Lúcida en marzo de este año, en el barrio de Saavedra, implica la esperada vuelta del cine a la Avenida Cabildo.

La zona norte del Gran Buenos Aires cuenta con dos salas fundamentales, ambas con entrada libre y gratuita, que son el Centro Cultural Munro y el Cine York. Ambas funcionan también como salas teatrales y de conciertos pero tienen una programación de cine durante todo el año, que suele incluir películas en fílmico. Las salas dependen del proyecto Lumiton y suelen programar funciones especiales de películas clásicas de esa productora. El edificio en el que funciona el York es el mismo donde se fundó en 1904 la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos de Olivos, que también organizaba proyecciones, por lo que lleva 122 años exhibiendo cine.

Lejos de Buenos Aires, el Cineclub Municipal Hugo del Carril es el orgullo de la cinefilia cordobesa. Con entradas accesibles, una revista propia y una programación variada y cuidadosamente curada, el Hugo del Carril mantiene la lógica de cineclub, con socios y abonos, prácticamente desaparecida en tiempos de plataformas digitales, además de contar con una biblioteca, seminarios, talleres y otras actividades. A su vez, el Cineclub Dynamo, en Mar del Plata, programa películas de todo tipo, siempre en fílmico, además de talleres de formación y funciones de cine mudo con música en vivo.

El rasgo común de estos espacios, además de la programación, es su funcionamiento. A diferencia del cine comercial, en estas salas las funciones no se acumulan, sino que suceden, tienen vida propia. Un ciclo, una copia única en 35 mm, una charla con un director tras la proyección, una retrospectiva irrepetible. Y, contra la creencia general, son las salas más concurridas. Si bien tienen un público más especializado, interesado en directores o movimientos artísticos, todo indica que son los espacios y los públicos que mantienen vivo al séptimo arte. Por el contrario, la lógica de las grandes cadenas pierde espacio a pasos agigantados, en su obstinación por mantener a su público con –por ejemplo– películas dobladas o eternas secuelas de la misma fórmula comercial, mientras este, por economía, comodidad y variedad, prefiere quedarse en casa y ver una serie.

METROPOLIS (FRITZ LANG, 1927) se mantuvo un año en la cartelera del MALBA tras el hallazgo de una copia completa en el Museo del Cine.

Por Pablo Di Tullio